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“No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.” Oscar Wilde.

Este cuadro fue uno de los que me marcó en mi juventud. Lo vi en un libro de historia y, aunque entonces no comprendía gran parte del mensaje, me marcó para siempre. Es una escena que por más que la miro nunca deja de impactarme. Es notable el juego que hace con la luz Jacques-Louis David, así como la posición del cuerpo y de los diversos elementos. No soy ningún experto en arte, lo único que sé es que este cuadro nunca dejará de impresionarme.
El protagonista del cuadro es Jean-Paul Marat (1743 – 1793), uno de los principales líderes de la revolución francesa, miembro del club de los cordeliers y director del periódico L’Ami du Peuple i del Journal de la Republique Française. Fue uno de los máximos defensores de la libertad del pueblo, respetado por los ciudadanos, y temido por los tiranos. Siendo uno de los principales responsables de que Luis XVI acabara en la guillotina.
El cuadro neoclásico fue pintado por Jacques-Louis David (1748 – 1825), famoso pintor francés comprometido con la revolución. En el cuadro trataba de representar lo que fue un intento de acabar con la propia revolución. Así como Saint-Just decía que el rey debía morir, no por quién era, si no por la figura que representaba (ya que nadie reina inocentemente), con la muerte de Marat, perpetrada por la girondina Charlotte Corday , se trataba de acabar con la revolución. Para ello se pretendía eliminar directamente a uno de sus máximos representantes. Representante que, como se ve en el cuadro, incluso en el momento de su asesinato, se encontraba mandando un cheque con parte de su dinero (que no le sobraba precisamente) a una pobre mujer que tenía el marido en la guerra y no podía comprarle pan a sus hijos. Representante que, en el cuadro, esgrime la pluma como un arma más del revolucionario, arma que, en este caso, se sitúa justo al lado del cuchillo que acabó con su vida, dándole un nuevo enfoque a la frase, casi profética, del propio Marat, frase con la que he encabezado este texto.
Aunque la revolución francesa queda muy lejos, el ideal del cuadro me parece tan apropiado para el presente como lo fue en su época. Y eso es porque las revoluciones no siempre mueren, sino que más a menudo se las mata. La espada de la frase de Marat puede estar esgrimida tanto por los revolucionarios como por los reaccionarios, llevando, en cada caso, a un distinto final de la revolución: una revolución victoriosa, o una revolución asesinada.
La revolución francesa, como muchas otras, pudo cometer sus errores, pudieron equivocarse muchas veces, no lo niego, pero luchaban por causas justas. El problema es que a muchos no les interesan esas causas justas, por eso se dedican a exterminar las revoluciones, ya sea directamente, mandando tropas como en Vietnam ; ayudando a dictadores , como a Pinochet en Chile; o atacando mediante mentiras y estrategias económicas, como en Cuba . Está claro que las revoluciones no interesan a los poderosos, no les interesan porque corren el riesgo de perder sus privilegios. Por eso se dedican a calumniar, manipular y mentir tanto como pueden. No les parece bien que las revoluciones sean apoyadas por las gentes de otros pueblos, o que incluso esos otros pueblos puedan pensar en hacer una, no, es mejor crearles mala fama, y poner a todo el mundo en su contra. Puede que en más de una revolución se cometan errores, pero hay que conocerlas a fondo para saber eso. No hay que conformarse con lo que dicen los medios acerca de ellas, ya que estos nunca son neutrales, sino que sirven y están dirigidos por los que se benefician de los privilegios de la desigualdad y la falta de libertad. Así que yo, como Marat en el pasado, me declaro revolucionario y grito: “¡¡¡Libertad, igualdad y fraternidad!!!”

"La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas." Karl Marx.
“El trabajo del hombre y de la naturaleza, el producto de los cepos, los árboles, deben ser destruidos para que se mantengan los precios: Se lanzan cargamentos de naranjas en cualquier lugar. (…) ¿Porqué comprar naranjas a 20 centavos la docena si solo hace falta ir con el coche y cogerlas sin pagar nada? Entonces hombres armados con mangueras de regar vierten petróleo sobre montones de naranjas (…). Un millón de hambrientos tienen necesidad de fruta y se riegan con petróleo las montañas doradas. Y el olor a podrido invade la comarca.
Se quema el café en las calderas. Se quema el maíz para calentar-se. Se lanzan las patatas al río i se ponen guardias en las riveras para impedir que los pobres las repesquen. Se matan los cerdos y se entierran. (…).
Y los niños con pelagra tienen que morir para que cada naranja dé beneficios. La consternación se lee en las miradas, y la cólera comienza a lucir en los ojos de aquellos que tienen hambre. En los ánimos de la gente, las uvas de la ira se inflan y maduran, anunciando las próximas vendimias.”
John Steinbeck, Las uvas de la ira.
El horror que siento al leer estos fragmentos sólo se puede definir con una palabra: capitalismo. Las uvas de la ira es una novela que se sitúa en los Estados Unidos de los años 20, más concretamente en el 29, en plena crisis agraria y económica, el famoso crack del 29.
La novela, inspirada en situaciones reales, describe una situación realmente cruda, que ejemplifica muy bien las contradicciones propias del capitalismo. Mientras la gente muere por desnutrición, el gobierno se dedica a destruir los alimentos para que éstos suban de precio. Y es que el problema de esta sociedad capitalista es que el fin último es siempre el mismo: el dinero. Se eleva el valor abstracto del dinero al nivel de un Dios todopoderoso (“todo lo puede el dinero” suelen decir), acabando por convertir a las personas en simples vasallos de un Dios que ellos mismos han inventado. Unos dependen de él para poder conseguir lo que originariamente les daba la propia naturaleza, como alimento o refugio. Y otros lo adoran y lo necesitan, como un fin en si mismo, tal vez porque creen que, como Ente Todopoderoso, les dará la felicidad, o les hará personas mejores y más completas.
Sus fieles devotos procuran que nada escape a este Ser Todopoderoso. Ni siquiera la ciencia, buscadora de verdades, y a menudo planteada como opuesta a las religiones, puede escapar de este culto. Tal vez en una sociedad más humanista el fin de la ciencia fuera el bienestar de las personas, pero, en esta sociedad capitalista, el fin es ese Ente Omnipotente y Omnipresente. Mientras algunos investigadores médicos hacen peripecias para investigar, sin apenas presupuesto, una vacuna contra la malaria o el sida, la financiación médica se destina a desarrollar productos de adelgazamiento o crecepelos. Tal vez sería más fácil mostrar a esas personas que pueden hacer deporte, o que son bellas tal como son, y destinar ese dinero a las vacunas. Pero ese Dios que es el Dinero lo impide, porque los enfermos de esas vacunas son pobres, son tercermundistas, son paganos del Dinero. En cambio, los fieles devotos occidentales están dispuestos a participar de este culto para hacerse, lo que ellos consideran, mejores personas, aunque sea de forma artificial.
Este Dios ha acabado por estar presente en todas las facetas de la vida. Rige tu alimentación, tu educación, tu salud, tu trabajo, e incluso gran parte de tus relaciones sociales. Este Dios tiene sus apóstoles, defensores de la fe que escriben libros sagrados, como San Adam Smith. Este Dios ofrece una promesa de salvación, te promete la felicidad con su sola presencia, se te dice “a más Dinero, más felicidad”. Te aseguran que si lo sigues podrás lograr el Paraíso. "Quizá ahora eres pobre, pero puedes llegar a ser rico: todo el mundo puede" recita su mensaje. Y, cómo no, este culto al Señor Dinero tiene sus pastores, responsables de guiar al rebaño por el buen camino del Señor. Responsables de Estados y organizaciones que ellos mismos han creado, cuyo único fin es asegurar que todo se base en su Dios y en los parámetros de su religión. Nada debe escapar a su control, el fin siempre debe ser el mismo: el Capital, la Riqueza, el Dinero, distintos nombres relacionados con una misma idea abstracta que hay que adorar.
Pero algún día esta religión desaparecerá. Y los pastores verán cómo sus rebaños les abandonan, cómo pierden la fe y como buscan nuevas formas de organizar la vida sin rendir culto a este ser. Porque este ser, al fin y al cabo, no es más que un concepto, y eso es algo que no se debe olvidar nunca.

"La manera como se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría." Karl Marx
Recuerdo con diversión cuando al entrar en la universidad pensaba que allí me podría convertir en un gran sabio. Era inevitable supongo, se mezclaba la visión de unos sabios profesores que se me aparecían como titanes y de todo sabían mucho, con la arrogancia que nos caracteriza a muchos jóvenes estudiantes de filosofía, que empezamos el estudio de la disciplina pensando que sólo mediante el estudio de ésta se puede lograr la verdad. Ahora, ya, cuando queda poco más de un año para acabar la carrera me río de lo ingenuo que era. Pues si es verdad que he aprendido mucho estos años, aún es más cierto que me han servido para ver cuan ignorante soy.
Pero es esta ignorancia lo que más he aprendido a apreciar. Eso es así, porque, aunque ella es culpable de grandes frustraciones, también es la responsable de la poca sabiduría que haya logrado alcanzar. Es la culpable de frustraciones porque contra más aprendes, más inevitable es sentirse rodeado de una cantidad de conocimientos que nunca lograrás alcanzar. Te puedes esforzar mucho, pero sabes, que, en el fondo, todo lo que llegues a aprender no es más que una pequeña parte de todo lo que se puede saber. Y es que, ya lo dijo Sócrates “sólo sé que no se nada”, y aunque me separan siglos de diferencia de él, sólo puedo darle la razón.
Pero, ante esto, no hay que deprimirse y rendirse al quietismo, pues si esa visión nos condena a darnos cuenta del gran vacío que acompaña a nuestro aprendizaje, también es la que me motiva a querer aprender más y más. Pues, que nunca pueda llegar a saber todo lo que puede saberse no significa que no deba tratar de ser tan sabio como pueda ser. Y si, por el contrario, estuviera libre de la sensación que produce esta ignorancia, y creyera que sé todo lo que hay que saber ¿Qué motivos podría tener para aprender más? El problema es que, como ya decía irónicamente Descartes al empezar su discurso del método, “No hay nada en el mundo tan bien repartido como la razón”, y es que mientras hoy en día prácticamente nadie está contento con su cuerpo (o su economía), casi todo el mundo está sobradamente feliz con su inteligencia, y cree tener siempre la razón. Pero no, está claro que quien se cree que sabe mucho se sitúa entre los más ignorantes de los mortales, ignorante, no por lo que no sabe, sino por lo que cree saber.
Quede claro que con esto no pretendo darle la razón a un puro relativismo epistemológico, y decir que, puesto que todos somos muy ignorantes, nadie tiene más razón que otro. Porque, como decía Einstein, otro gran sabio ignorante, “todos somos muy ignorantes, lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”. Contra ese argumento relativista no veo mejor respuesta que la que ya dio Platón en su época. Si de verdad todo conocimiento y toda verdad fueran relativas, incluso esta opinión relativista lo sería, no aportando por tanto ninguna verdad, por la que no tiene ningún sentido siquiera formular tan argumento.
Motivados por esta reflexión, charlaba hace pocos días con un buen profesor mientras tomábamos unas birras. Él me decía que, como consecuencia de todo eso, era muy difícil decidirse por un método de análisis, pero, en eso, no pude darle la razón. Creo que no sólo es posible tener un buen método de análisis, si no que es prácticamente inevitable, lo único es que mediante la asimilación de esa ignorancia hay que evitar caer en todo dogmatismo. Lo creo porque me parece obvio que todos tenemos nuestra cosmovisión del mundo, y, como consecuencia, solemos tener un método de reflexión sobre el mismo. Cierto es que puede que haya personas que no lo tengan, pero, para eso, primero tenemos que ser muy conscientes que habitualmente tendemos a ver las cosas mediante la utilización de un método de análisis, y, de eso, la mayoría de la gente ni siquiera es consciente. Esa gran mayoría de personas que no son conscientes, utilizan normalmente métodos utilitaristas propios de la sociedad capitalista. Y atribuyen una lógica al capitalismo que no es tal, considerando que las cosas son tal como han de ser, y que no pueden ser de otra forma.
Yo, por mi parte, ya hace años que encontré el método marxista, y como desde entonces no ha hecho más que afirmarme su utilidad, mostrándome las cosas tal como son, y no como aparentan ser, ha pasado a formar parte de mi estructura de pensamiento. La grandeza de este método es la amplitud de su validez, y es que, no sólo mostraba la sociedad tal como era en tiempos de Marx, si no que es capaz de mostrarla tal como es ahora. Es un método abierto y dinámico, que está en continuo desarrollo, y que, por tanto, es capaz de actualizarse y aplicarse a cada nueva situación histórica, así como a diferentes contextos políticos y sociales. Puede, por tanto, aplicarse a nuevos problemas que van apareciendo, y es que, aunque la mayor parte de los problemas estructurales que ya denunciaba Marx en su época, siguen presentes, también es cierto que ahora somos conscientes de nuevos problemas, y de nuevas situaciones que Marx apenas empezaba a entrever, porque es indudable que los tiempos han cambiado. Sé que muchos se empeñan en decir que esa metodología es cosa del pasado, pero eso se debe principalmente a dos causas.
La primera es obvia, los intereses. Es un método peligroso para la sociedad actual, pues puede mostrar sus contradicciones y proponer un cambio. Por eso, los defensores del capitalismo, en sus muchas formas (desde neoliberales hasta reformistas vendidos al sistema), se empeñan en decir que este método ha muerto. Para eso tiendan a identificar toda la metodología marxista, al igual que el resto de conocimientos y pautas de acción que forman el pensamiento marxista, con procesos históricos como el de la Unión Soviética. Y dicen, por tanto, que, como ésta cayó, el método marxista no funciona. Sin duda, ese reduccionismo es completamente absurdo, pues deja de banda una gran cantidad de motivos que contribuyeron al fracaso de ese proyecto, gran parte de los cuales, desde luego, no proceden del interior del marxismo, si no de las acciones que tomaron contra él. Eso no quiere decir que no sea consciente de que en ese proyecto se cometieron gran cantidad de errores, lo que quiero decir es que eso fue solamente una aplicación y una interpretación del marxismo a una situación concreta, que se tuvo que adaptar y enfrentar a multitud de problemas internos y externos que no son inherentes al marxismo. El problema es que esa visión a menudo es reforzada por la segunda causa que comentaba.
Esa segunda causa no proviene del capitalismo, si no del interior del propio pensamiento marxista. I es que algunos marxistas cometen el mismo error que intentan difundir los capitalistas. Identifican la totalidad del método marxista con determinadas actuaciones y procesos históricos, o bien piensan que de este se deriva una única forma de actuación, y que es siempre la misma. Como consecuencia de esto, intentan repetir comportamientos realizados por marxistas que vivían en otra época histórica, y en otro contexto geográfico y social. Estoy seguro de que algunos de esos métodos aún funcionan, al menos en determinados lugares del mundo, pero tratar de aplicar el método siempre de la misma forma es como tratar de encajar la llave de tu antigua casa en la nueva, porque si en aquella funcionó, para ésta también debe servir. Y eso lo digo sin ni tan siquiera entrar en la diferenciación de lo que es pensamiento marxista, y lo que simplemente es actuación política, pues considero que este pensamiento siempre va ligado a la praxis, aunque ésta pueda variar según la situación. Y es que ya me lo dijo una vez un buen camarada: “El método marxista es abierto por definición, y sólo así puede existir. Acusar al marxismo de ser cerrado es estúpido, pues un marxismo cerrado ya no es marxismo, si no un simple dogmatismo de personas que se autoproclaman marxistas.”
Por todo eso, y porque creo que antes de transformar la sociedad hay que saber cómo es la sociedad que queremos cambiar, y cómo es la sociedad a la que queremos llegar. Creo que es de gran importancia protegerse de todo dogmatismo, y estudiar las mejores formas de aplicar nuestros métodos, en mi caso, el marxista, al estudio de la sociedad. Porque, aunque sea muy ignorante, de lo que estoy seguro es de que esta sociedad se puede cambiar.